Las casas de los arquitectos

Casa en De Fantasie, Almere. Holanda. Jan Benthem, 1984

Toda persona tiene una representación de una casa ideal en la que le gustaría habitar. Aquellos arquitectos que se precien de ello unen a este deseo básico una voluntad de expresar ahí esa poética particular que está ligada a su concepción de la arquitectura. Un maravilloso libro titulado El hogar del arquitecto (The architect’s home), publicado en 2013 por la editorial Taschen, trata de buscar esa especial idea realizando un inventario de 100 casas de arquitectos europeos reconocidos, realizadas en los dos últimos siglos.


Los objetos y espacios que rodean a las personas en su cotidianeidad suelen definir una suerte de cultura específica, reflejando necesidades concretas pero también indirectamente los valores éticos y estéticos de cada cual. Las casas que habitamos tenemos que leerlas casi como una suerte de representación del ideario propio y de nuestras familias, situada entre los deseos y la realidad de los posibles.

Como ha señalado el crítico Christian Norberg Schulz en su libro Concept of Dwelling (Concepto de habitar) de 1986:

Es precisamente la casa, como un lugar privilegiado para la acción y la exposición, un instrumento a través del cual el hombre percibe y ordena el mundo a su alrededor.

Las casas de los arquitectos son unos espacios singulares alejados del constreñimiento de clientes, un territorio imaginario que solo queda delimitado por las disponibilidades económicas y las demandas de los más próximos. Ahí se expresan todo un conjunto de valores y conceptos que remiten a la acumulación realizada por cada uno de saberes profesionales y artísticos. El proyecto artístico individual es un ansiado desideratum expresivo que se instituye con total libertad en esas residencias personales.

Según el recopilador del Hogar del arquitecto, Genaro Castiglione, esas viviendas de arquitectos se transforman claramente en un relato autobiográfico. Un equilibrio entre los conceptos estéticos del autor y los sentimientos concretos de las personas que tendrán que vivirlas, acompañándoles a lo largo de sus trayectorias vitales. Cada decisión de diseño, cada detalle material, desde la selección del lugar, al manejo de la luz y las piezas de mobiliario, etc. han sido evaluados y adoptados con especial cuidado y nos hablan de una percepción específica de la arquitectura. Curiosamente, esos espacios son el resultado de la tensión cultural que atesora ese arquitecto concreto, situado entre las influencias de las tradiciones locales y las referencias internacionales. Un viaje de ida y vuelta de referencias que supera fronteras en una frágil operación de fecundación cruzada de ideas y motivos para la concreción del espacio doméstico.

Casa Los Laureles, Tacoronte. Tenerife, islas Canarias. Federico García Barba, 1985

Yo mismo he construido mi propia casa hace ya bastantes años. Un edificio que propondría a partir de la reflexión sobre las formas tipológicas de la arquitectura popular existentes en las islas Canarias; y que diseñé a raíz de una indagación personal sobre las viviendas rurales del norte de Tenerife. Mi casa la proyectaría en una época de grandes dificultades -como las que transitamos hoy. Solo pude hacerla realidad programando también una estrategia económica que me permitiera construirla y conseguir los recursos necesarios al mismo tiempo que la iba habitando. Así vi surgir ese hogar personal junto al pequeño jardín que nos rodea, al igual que vi crecer a mi propia familia. En su momento, fue para mí casi una obsesión, una manera de integrarme en un paisaje omnipresente del que tenía una percepción que luego al cabo de los años he ido reconociendo como romántica. Era una forma de comunicación con aquellos que me habían precedido, agricultores habitantes de la isla, pero también con aquellos grandes artistas que había tenido que estudiar con ahínco. Plasmaría allí de alguna manera heterodoxa y simplista, el clasicismo formal transitado por los modernos arquitectos alemanes y norteamericanos, que partiendo de la obra schinkeliana, fructificaría en algunos proyectos de Mies y la simplicidad ejercida en las obras hechas en la década de los 50 y 60 en la costa Oeste de los Estados Unidos. Todavía recuerdo la emoción sentida al visitar años después el pequeño pabellón de Schinkel en el palacio berlinés de Charlotenburgo. Una villa sencilla de inspiración italiana que el maestro alemán construyó por encargo del rey Federico Guillermo para Auguste, su segunda esposa.

En El hogar del arquitecto he visto en numerosos arquitectos admirados muchas actitudes semejantes a la mía a la hora de afrontar su propia morada.

Apartamento de Le Corbusier. 24, Rue Nungesser et Colli, París. 1933

En ese libro extensamente recopilatorio aparecen las viviendas de los grandes del siglo XX. Como la casa que Alvar Aalto se hizo en Munkkiniemi a las afueras de Helsinki o el conocido apartamento de Le Corbusier sobre su estudio en la Porte Molitor de París. También la casa manifiesto que construiría Walter Gropius junto a la Bauhaus de Dessau. O la Red House en Bexleyheath, el proyecto medievalista de William Morris. Y además el delicado apartamento que Charles Rennie Mackintosh preparó para su amada Margaret, lleno de piezas de mobiliario especialísimas. Este último destruido y luego reconstruido parcialmente par formar parte del material que se exhibe en la Hunterian Gallery de Glasgow.

Apartamento del 6 de Florentine Terrace, Glasgow (reconstruido parcialmente en la Hunterian Gallery. Charles Rennie Mackintosh y Margaret Macdonald, 1914

23-24, Rue Americaine. Bruselas. Victor Horta, 1898

Pero también las moradas de otros insignes arquitectos como, Arne Jacobsen, Sverre Fehn, Gio Ponti, John Pawson, Ernesto Nathan Rogers, Eduardo Soto Moura, Oswald Mathias Ungers o Josep María Olbrich, por nombrar solo algunos ya reconocidos por la historia. Es emocionante recorrer con la mirada el ordenado ambiente de la oficina personal de Eliel Saarinen o las mesas de trabajo desordenadas de otro respetable arquitecto nórdico como Sigurd Lewerentz. Resulta también encantador descubrir las formas de inspiración vegetal que pautaron el movimiento Art Noveau, que se encuentran en casi todos los elementos del piso que proyectaría para sí Víctor Horta en la Rue Americaine de Bruselas. O los objetos que rodearon en vida a Eilleen Gray, que ella diseñaría para su especialísima casa en Roquebrune y que hoy son unos clásicos del mobiliario del siglo XX. Cada uno de ellos era un personaje singular, arquitectos que vivían rodeados de imágenes y objetos pertenecientes a un universo muy particular.

Interior de la Casa Korsmo en Planetveien, Oslo. Arne Korsmo y Christian Norberg Schulz. 1968

Exterior y perspectiva de la Casa en Steindorf, Carintia. Austria. Gunther Domenig, 1986

Pero lo más interesante del libro es descubrir otras pequeñas joyas desconocidas de arquitectos que no tuvieron un gran reconocimiento internacional y que, sin embargo, eran grandes maestros de lo doméstico. Como me ha ocurrido a mí con el noruego Arne Korsmo, cuya casa diseñaría en colaboración con el gran crítico e historiador Christian Norberg Schulz. Las suyas son casas que resuman ese espíritu especial de los nórdicos para los que la luz es una herramienta esencial debido a su escasez.

En este recorrido doméstico llama la atención por su desmesura la casa en Steindorf de Gunther Domenig. Un artefacto que es un ejercicio de autoafirmación hacia una arquitectura radicalmente diferente en sus formas descoyuntadas. Es un manifiesto cercano al Deconstructivismo, aquella arquitectura manifiesto que surgió de la región austriaca de la Estiria y que alcanzaría resonancia internacional de la mano de algunos compatriotas como Coop Himmelblau. Una arquitectura que se quiere de la vanguardia más extrema y de la vehemencia de los gestos irracionales y que daría soporte a lo que algunos adjetivaron como deconstructivo con gran éxito mediático. Un cuarto de siglo después, todavía resuenan los ecos de la exposición homónima que celebraría el Museo de Arte Moderno de Nueva York bajo la batuta de Philip Johnson.

Casa del arquitecto en Highbury, Londres. Adam Caruso, 1994

O, casas que prefiguran un presente de reciclajes y de aprovechamiento de lo existente. Como la que Adam Caruso continúa haciéndose para sí mismo en una barrio anodino de Londres. En esos espacios convive lo nuevo con lo preexistente en una mezcla a medio camino entre la historia del lugar y las ideas estéticas recién salidas de su pensamiento. Su residencia resuma esa admiración por la acumulación temporal de las formas construidas y los recursos espaciales de aquellos que le han precedido en el habitar de un lugar concreto. Al mismo tiempo, ese carácter de escritura superpuesta es un estímulo para Caruso, que busca sacar las mejores posibilidades de los pequeños lugares con un sabio manejo en la mezcla de materiales y la introducción de nuevas formas de iluminación que conforman un espacio cotidiano siempre inacabado en el que es confortable habitar.

Y así hasta un centenar de ejemplos sorprendentes que conforman lo mejor que han hecho los arquitectos europeos para sí mismos a lo largo de los últimos dos siglos. Esta recopilación se integraría en una exposición itinerante, denominada One hundred houses for one hundred european architects (Cien Casas para Cien Arquitectos Europeos). El resultado de la investigación es este libro que ha sido publicado por la editorial Taschen GmbH y puede consultarse en Internet en la página de MEAM Net.  Una auténtica joya en la que podemos adentrarnos en los paisajes cotidianos y universos particulares de una extensa nómina de arquitectos admirados.

El hogar del arquitecto es un inventario maravilloso que ha editado el profesor italiano Gennaro Postiglione con la colaboración de Francesca Acerboni, Andrea Canziani, Lorenza Comino y Claudia Zanlugo. Es el resultado del esfuerzo del equipo del Modern European Architecture Museum Network (MEAM Net), un grupo de trabajo transnacional liderado por el Departamento de Arquitectura del Politécnico de Milán que ha sido financiado por el Programa Cultura 2000 de la Unión Europea. The architect’s home se concibió inicialmente como un proyecto de investigación para documentar los espacios que los arquitectos realizan para ellos mismos y sus familias. Sin embargo, tras el esfuerzo realizado en esta recopilación, ha surgido la idea de conformar una red museística que conecte todas estas experiencias singulares en una estructura organizada que contribuya al fortalecimiento de la cultura común europea.

Quizás lo más interesante que se desprende de este esfuerzo es esa posibilidad de acabar constituyendo un museo transnacional de la arquitectura en la que se propusiera un itinerario de lugares protegidos y preservados como muestra de la idea esencial de los propios arquitectos para sí mismos. Unos espacios singulares que pueden integrar también el mobiliario original, obras de arte, las telas y todos esos otros elementos singulares que algunos coleccionaron o concibieron para delimitar su particular paraíso en su paso por esta tierra.

Más información:

The architect’s home. Gennnaro Postiglione. Taschen, 2013
One hundred houses for one hundred architects. MEAM NET
La casa del arquitecto. Blog Quadratura Arquitectos 09/04/2013

Juego de tenedor y cuchillo de pescado. Chareles Rennie Mackintosh

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