Arquitectura, performance y terrorismo

Por Yose Fernández

Drops of rain. Mario Tama

Era una hermosa mañana de septiembre, hasta que aviones plata surcaron el azul. Unos días después del atentado a las Torres Gemelas, el 17 de septiembre, el músico electroacústico Stockhausen, en una rueda de prensa celebrada en Hamburgo y preguntado por el catastrófico ataque, destapó la controversia: “Lo que ocurrió allí fue la mayor obra de arte que jamás haya existido”. Esta palabras fueron al poco tiempo matizadas por el compositor al señalar que las víctimas habían asistido al “concierto” contra su voluntad y sin saber de qué se trataba, pero ya era tarde, el horror se había inoculado en el espacio que la historia había reservado a la performance artística; la Estética del Mal era una realidad. Profundizando en la misma idea, el filósofo francés Jean Baudrillard suscribió: “se piense lo que se piense de su calidad estética, las Torres Gemelas fueron una performance absoluta, y su destrucción fue también una performance absoluta”.

Centro de Visitantes del World Trade Center Memorial. Foto: Scott Lewis.

A partir de lo ocurrido, la experiencia desencadenada por el terrorismo pasaría a ser una nueva forma de Arte, y su equiparación con lo bello, una nueva situación atrayente a los ojos del espectador contemporáneo, una vez, eso sí, superado el luto inicial tras el momento destructivo. Atendiendo al significado de la palabra Terror (Del lat. terror, -oris).m, dícese del “método expeditivo de justicia revolucionaria y contrarrevolucionaria”, o “dicho de una obra cinematográfica o literaria y del género al que pertenece: que buscan causar miedo o angustia en el espectador o en el lector”. Sin embargo fue al agitador Edmund Burke el primero en utilizar el término “terrorismo” para referirse a esos monstruos infernales que habían ocupado las calles de Francia durante la revolución, sobre todo a partir de un pequeño y brillante texto titulado Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello. Y como afirma Servando Rocha en su monumental tratado sobre el vandalismo ilustrado: “Ahí surgió un estilo de terror que trascendió su época hasta nuestros días, y del que son igualmente herederos lo gótico y la literatura fantástica, los encapuchados armados y la fascinante contemplación del colosal derrumbe de las Torres Gemelas” (El facción caníbal. La Felguera Editores, p. 75).

Desde el punto de vista arquitectónico, en el Barroco, también encontramos la utilización del dramatismo y la fatalidad en los autores de la época. Los edificios se volvieron más artificiales, recargados, fuertemente decorativos y ornamentados, en el que destacaba el uso ilusionista de los efectos ópticos; la belleza buscó nuevas vías de expresión, y lo asombroso y los efectos sorprendentes cobraron relevancia. Su principal objetivo pretendía imponer una estética teatral, escenográfica, que pusiera de manifiesto el esplendor del poder dominante (Iglesia o Estado). En este sentido, las iglesias barrocas italianas se caracterizaron por la abundancia de formas dinámicas, en las que predominaban las curvas cóncavas y convexas, con fachadas ricamente decoradas y repletas de esculturas. ¿Podemos afirmar que las Torres Gemelas, como símbolo de la artificiosidad arquitectónica contemporánea, era la nueva obra de arte total?

Los expertos en arquitectura, tras el colapso de las torres, se mostraron fascinados por presenciar en directo el comportamiento de varios de los elementos constructivos de un rascacielos: debilitamiento de las vigas, arqueo de las columnas perimetrales, etc.

Sobre las causas del colapso, Hassan Astaneh, profesor de ingeniería estructural de la Universidad de Berkeley, explicó que las altas temperaturas del incendio debilitaron el acero de las vigas y columnas, provocando que se volvieran “débiles y pastosas” hasta que, finalmente, no pudieron sostener la estructura superior. Astaneh sugirió también que las protecciones ignífugas se desprendieron durante el impacto inicial de las aeronaves, y una vez que el primer fallo estructural ocurrió, el colapso progresivo de toda la estructura fue inevitable. Esta misma hipótesis fue mantenida por diversos ingenieros y arquitectos a lo largo del tiempo. Sin embargo, pasado unos meses, el NIST (Instituto Nacional de Estándares y Tecnología) señaló en su informe final “la escasez de evidencias físicas” disponibles para investigar los colapsos, debido al porcentaje mínimo que había quedado de los edificios para su análisis. Lo que está claro es que el diseño de estos dos colosos de tubo enmarcado, con plantas diáfanas, sin interrupciones de columnas o muros, en las que numerosas columnas perimetrales y el núcleo y las columnas de hormigón que proporcionaban gran parte de la fuerza de la estructura, se convirtieron en imagen y referente cultural tras el impacto e incendio posterior; y su contemplación pasiva, seleccionada por los medios de comunicación dominante, acabó por sustituir y determinar actuaciones posteriores. Esto es, en palabras de los teóricos de la Internacional Situacionista, la imagen que acapara todo “espectáculo” degrada la acción en mero aparecer o representación, escasamente vivida y simplemente padecida. Produciendo, en este sentido, el secuestro de toda la actividad social para sus propios fines. Según Anselm Jappé: “Desde el urbanismo hasta los partidos políticos de todas las tendencias, desde el arte hasta las ciencias, desde la vida cotidiana hasta las pasiones y los deseos humanos, por doquier se encuentra la justificación de la realidad por su imagen. Y en este proceso la imagen acaba haciéndose real, siendo causa de un comportamiento real, y la realidad acaba por convertirse en imagen” (en Espectáculo: fase suprema de la abstracción).

Esquema explicativo del colapso estructural en el impacto del atentado terrorista de las Torres Gemelas. Nueva York, 2001. Hassan Astaneh

Debemos señalar que el presente artículo no tiene como interés banalizar el mal ni justificar cualquier ataque terrorista; supone un acercamiento a cómo un hecho catastrófico como el desplome de las Torres Gemelas, con sus implicaciones arquitectónicas o simbólicas de la cultura americana, puede con el tiempo ser empleado por los distintos campos del arte como recurso estético e interpretativo. Por tanto, tres serán las áreas analizadas: la fotografía, la literatura y el performance, en relación con el elemento arquitectónico que representa las Torres Gemelas de Nueva York. Y haremos de la historia, como concibió el filósofo Walter Benjamin, un collage, un montaje casi literario, donde un hecho te lleva a otro. Así, Philippe Petit fue el primer artista en reconocer en las Torres el símbolo de la magnificencia que debía ser profanado por el arte. Era inevitable que tiempo después el fanatismo religioso no pusiera sus ojos vengadores en el mayor templo capitalista no religioso de occidente.

Nuestro collage se conforma del siguiente modo.

Años antes de los ataques, el World Trade Center fue testigo de una de las hazañas funambulistas más sobrecogedoras de la historia. El 7 de agosto de 1974, poco después de las 7:15 de la mañana, el funambulista francés Philippe Petit partió de la torre sur sobre un cable de acero de 200 kilos. Con 24 años de edad, cruzó ocho veces entre las torres casi terminadas, a más de 450 metros de altura durante 45 minutos. En ese tiempo, además de caminar, se sentó sobre el cable e hizo una reverencia. Había hecho algo maravillo y la policía, tras su detención, sólo fue capaz de preguntarle: “¿Por qué?” No había un por qué. “Cada día, como dijo su compañera de entonces, era una obra de arte para él”. Realizar esta performance despertaba en Philippe la misma sensación que produce el hecho de atracar un banco, desde que en 1968, en la consulta del dentista, viera la fotografía de las torres en proyecto. Desde ese día, planificó la acción hasta el más mínimo detalle, realizando maquetas a escala, ensayos con la longitud del cable, fotografías aéreas desde un helicóptero, el modo de pasar el cable de una torre a otra, la forma de acceder al edificio, etc. Una gran actuación que, a pesar de las dificultades, sería recordada dentro del arte callejero.

Man on Wire. World Trade Center, New York. Philippe Petit, 1974

Este acto desconcertante, fue descrito por el Sargento de Policía Charles Danielsen en los siguientes términos: “Observé al ‘bailarín’ —porque no podías llamarlo ‘paseante’— aproximadamente a medio camino entre las dos torres. Y cuando nos vio, sonrió y comenzó a reír, iniciando una danza sobre el cable… y cuando llegó al edificio le pedimos que bajara de la cuerda, pero en lugar de eso se dio la vuelta y corrió de nuevo a la mitad… se balanceaba arriba y abajo. Sus pies realmente perdían contacto con el cable y volvían a colocarse de nuevo sobre éste… realmente increíble… Todos estábamos hechizados viéndolo”.

En 2007, el documental de la BBC Man on wire de James Marsh recreó el proceso que Petit y sus colaboradores siguieron para conseguir la proeza, después de haber llevado a cabo múltiples equilibrismos que tuvieron como escenario la Catedral de Notre Dame, el puente del puerto de Sídney, el Louisiana Superdome, el Hennepin County Government Center y el espacio que va desde el Palais de Chaillot y la Torre Eiffel, pero nada que pudiera compararse con su paseo por las nubes entre las Torres Gemelas.

Consumado el ataque terrorista del 11 de septiembre, una imagen, de entre las miles que recogieron el suceso con el WTC de fondo, fue The Falling Man, del fotógrafo de la Associated Press Richard Drew (uno de los cuatro fotógrafos que presenciaron el asesinato de Robert F. Kennedy), tomada a las 9:41. En la imagen se puede ver a un hombre que cae de la torre norte del que se desconoce su identidad y que probablemente decidió saltar al vacío para no morir abrasado por las llamas.

The Falling Man. New York. Richard Drew. Associated Press, 2001

El día siguiente a los ataques, la publicación de esta foto por The Morning Call, un periódico local de Alantown, encolerizó a ciertos sectores de la opinión pública, sobre todo estadounidenses. La mayoría de los medios de comunicación la censuraron, mostrando únicamente fotografías de actos de heroísmo y sacrificio. Richard Drew, en respuesta a las críticas vertidas, se justificó alegando: “Esta fotografía muestra cómo afectaron los atentados a las vidas de la gente en esos momentos, y creo que eso explica por qué es una imagen importante. No fotografié la muerte de esa persona. Fotografié una parte de su vida. Eso es lo que decidió hacer, y creo que conseguí inmortalizarlo”.

Este acto electivo que, como otras 200 persona más, realizó “el hombre que cae” fue la única muerte visible que hubo aquel día. Y como la editora del periódico que publicó la fotografía recuerda: “Sólo era alguien cayendo”, en la que se recogía un momento íntimo, de humanidad, y que destacaba la serenidad de la posición del cuerpo; su gracia y tranquilidad en contraposición con la muerte inminente que le esperaba.

Dentro del mundo literario, Don Delillo, en su novela El hombre del salto (Seix Barral, 2007), tomó esta tragedia para narrar la vida de la familia de Keith Neudecker, superviviente del atentado, y cómo su mundo había cambiado para siempre. Pero es la aparición de un performer callejero hacia el final de la narración, David Janik, que inspirado por la fotografía The Fallling Man, desconcierta y agita a la sufrida población neoyorquina con sus sorpresivas acciones al colgarse de edificios, puentes o campanarios de iglesias. Así, este hombre del salto, como se recoge en un pasaje del libro, se convierte en un “exhibicionista empedernido o nuevo y valeroso cronista de la Era del Terror”. Otra vez en la historia, el arte nos anuncia un nuevo estado mundial dominado por el miedo y la pérdida de las libertades de la ciudadanía tras los ataques.

La gente no sabe qué pensar al ver a Janik suspendido en el vacío. En su performance siempre se lanzaba de cabeza, sin comunicado previo, colgado tan sólo por el arnés de seguridad. “Sólo un entramado de correas bajo la camisa de vestir y el traje con un cabo que le asomaba por la pernera del pantalón y desde allí llegaba a la sujeción de lo alto”. No cabe duda que su postura, con la cabeza por delante, los brazos pegados al cuerpo y una rodilla doblada, representa a la persona que fue fotografiada por Drew cayendo de la torre norte.

La indignación por las acciones de Janik es generalizada, para el Alcalde, “el hombre del salto es un idiota”. Con el tiempo reduce el número de actuaciones; en uno de sus saltos sufre una lesión de espalda y es hospitalizado. Según el testimonio de su hermano, tras identificar el cadáver de Janik, comenta: “Los planes del último salto en fecha indeterminada no preveía el empleo de arnés”. No obstante, la historia de este controvertido artista comienza cuando Lianne, la mujer de Keith Neudecker, descubre la existencia y muerte de Janik a través de una nota de prensa escrita a toda prisa. “No había foto, ni del hombre ni de los actos que durante cierto tiempo hicieron de él una figura tristemente célebre”. “Muerto a los 39 años. Nada que indicara juego sucio. Tenía una dolencia cardíaca y la tensión alta”. Tan sólo era esa presencia trágicamente inquietante a punto de caer.

Una última imagen sugerida por Delillo al final de la novela anticipa lo que vendrá tras el impacto: “Luego vio una camisa cayendo del cielo. Andaba y la veía caer, agitando los brazos como nada en esta vida”.

The struggle to Right Oneself. Kerry Skarbakka, 2005

Fuera de la ficción literaria, el artista visual afincado en Arizona Kerry Skarbakka, como si de un Janik se tratase, toma para sus fotografías el mismo motivo: la imagen del hombre que cae. En esta performance fotográfica el protagonista es el propio Skarbakka, que desde distintos escenarios dispara el obturador en el preciso instante de la caída.

Chaqueta blanca, pantalón negro, tenis negros o traje oscuro de ejecutivo o mayas negras de funambulista, qué más da la identidad del hombre que cae o transita sobre la cuerda floja. Eso no es lo importante, lo realmente importante se halla en la pregunta: ¿Quiénes somos al ver la fotografía? ¿Qué consigue el arte al hablar de ello? ¿Qué supone toda elección? ¿Es un acto maravilloso? ¿Es fe?

Sin embargo uno tiene la certeza de que manifestaciones artísticas y terroristas seguirán sucediéndose en el futuro, se seguirá tomando ciertas imágenes y nuevos símbolos como fuentes de inspiración. La vanguardia artística no dejará de estar fascinada por el terror, los asesinos en serie, los criminales. Y conociendo lo más bajo de la idiosincrasia humana podrá, llegado el momento o la imagen precisa, ser encumbrado a obra de arte, y después, en pura mercancía. Pero no siempre el “espectáculo” triunfa. O eso nos gustaría esperar.

En 2006, la cadena de televisión Channel 4 del Reino Unido emitió el documental 9/11: The Falling Man, en el que Michael Lomónaco, el chef del restaurante Windows on the World, fue capaz de identificar al misterioso hombre por su vestimenta y el tipo de cuerpo. En una de las fotos obtenida durante la investigación, las ropas del hombre que caía revelaban una camiseta de color naranja similar a la que llevaba Jonathan Briley al trabajo casi todos los días. Briley vivía en Mount Vernon, Nueva York, era ingeniero de sonido.

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