La arquitectura tradicional canaria

Entre lo portugués, lo castellano y el mudejarismo
Por Federico García Barba

Campesinos en la faena de la trilla. Los Rodeos, La Laguna. Tenerife. Fondo FEDAC. Jordao da Luz Perestrello, 1905

La arquitectura popular de las islas Canarias tiene sus orígenes en la etapa de primera colonización del conjunto de archipiélagos situados en el mar frente al continente africano. Es una forma de habitación peculiar de estas islas que se apoya en una concepción de la relación con el medio volcánico, que es netamente rural e interrelacionada con lo que algunos definen como “insularidad atlántica“.

Desde sus comienzos, la humilde arquitectura desarrollada como complemento a las prácticas agrarias -tanto en el archipiélago canario como en Madeira, Azores y Cabo Verde- ha sido una parte importante de las tradiciones culturales que conforman esta especial identidad local de las islas que integran la región macaronésica. Y que, claramente, tiene aquí sus raíces en aquellas costumbres que acompañaron desde principios del siglo XV a los primeros colonos en la expansión oceánica primero de un pequeño país ibérico volcado al Atlántico como es Portugal y luego de otros como los castellanos extremeños y andaluces, ligados a la Corona de Castilla.

En Canarias, esas tradiciones etnográficas relacionadas con la ocupación humana del paisaje han generado una enorme presencia de edificios que complementan los usos y costumbres agrícolas. Esa pléyade de arquitecturas tradicionales originales -que aún permanecen- son piezas ya muy transformadas. Generalmente, eran pequeños edificios austeros que se situaban en el espacio rústico pero también en las ciudades. Las casas tradicionales son, en muchos casos, contenedores que, hoy en día, se han reformado y reocupado masivamente como espacios apropiados para nuevas formas de residencia suburbana y para todos tipo de equipamientos colectivos.


 

Cueva de habitación en Santa Brígida, Gran Canaria. Fondo FEDAC. Carl Norman, 1893.

Sobre la arquitectura tradicional de las islas atlánticas, José Manuel Fernandes en su libro sobre las “Cidades e Casas da Macaronesia” dice de una manera esclarecedora :

 En general, la sociedad insular macaronésica surge en esta época desde un cariz marcadamente rural, dentro de una tradición agraria proveniente del mundo mediterráneo y europeo occidental, que aquí encuentra sus límites -entre el exceso de humedad y una aridez extremadamente seca, y también un campo de experiencias y nuevas combinaciones.

 Esa forma singular de relación de la arquitectura con el medio volcánico de las islas que conforman la Macaronesia (Azores, Madeira, Canarias y Cabo Verde), tiene unas características muy específicas y definitorias que se expresan en las siguientes cuestiones básicas:

 - Es una tradición de arquitectura popular que surge en los siglos XV y XVI y refleja una singularidad tipológica formal que proviene del mundo mediterráneo filtrado desde Portugal y la Baja Andalucía castellana.

- El prototipo edificado rural básico al que recurre el campesinado colonizador es el de una pequeña pieza de planta rectangular construida con una gran precariedad de medios; primero, en madera y paja de una pobreza y austeridad extrema; y luego, por un recinto geométrico similar, algo mayor y formado por muros en piedra bajo cubierta de estructura de madera a cuatro aguas. La fachada principal es compuesta por secuencias de puerta y ventana o de ventana, puerta, ventana. En Canarias, la mayor parte de la población denomina a esa forma tipológica así, como “Casa Canaria“.

- Las viviendas urbanas se configuran como una extensión más elaborada de los prototipos rurales, surgiendo formas de agregación más complejas. Esas piezas de mayor intensidad volumétrica y morfológica son el resultado de combinaciones diversas en ampliaciones superficiales y en altura que siguen también esos parámetros básicos formales, constructivos y  geométricos de matriz rectangular. La mayor parte de ellas se conforman mediante modelos recurrentes que siguen una tradición arquitectónica característica.

- Cuando se producen, las expresiones cultas son siempre un añadido que se sobrepone a esas mismas estrategias compositivas originarias que definen la arquitectura en los entornos rurales y urbanos. Es lo que ocurre con los estilismos clasicistas y barrocos, e incluso neoclásicos, que aparecen añadidos en portadas y columnatas en patios. Son aditamentos que no contradicen las composiciones tradicionales y se caracterizan por un conocimiento de muy superficial los recursos formales que aparecen en los tratados de las distintas épocas. Los momentos históricos se expresan así en piezas constructivas que sorprenden por su ingenuidad en la reproducción de los modelos y detalles considerados canónicos.

Conjunto de chozas en Los Realejos. Tenerife, hacia finales del siglo XIX

La arquitectura de Madeira es representativa de la incorporación a la Macaronesia de las tradiciones culturales presentes en el final del Medievo en la península ibérica. La Seo de Funchal en Madeira ejemplifica la continuidad gótica de la arquitectura portuguesa. Y, así mismo, aparece allí una cierta afiliación al mudejarismo en sus techos de carpintería de armar o de alfarje. También, la Iglesia del Espíritu Santo o Matriz de la localidad de Calheta, en esa misma isla portuguesa, presenta unos magníficos artesanados que son dignos herederos de las tradiciones y técnicas de la carpintería de armar que aparece en Castilla y se extiende hacia el sur de la península durante todo el período de su reconquista territorial por los reinos cristianos.

Esas formas se detectan también de una manera clara y recurrente en detalles y elementos espaciales situados en numerosos templos y conventos del archipiélago canario. Es la expresión de la transmisión de unos recursos expresivos que debieron acompañar a los colonizadores portugueses en su extensión hacia las tierras existentes en el Atlántico hacia el sur del continente europeo. Muchos de ellos, también acabarán transitando hacia los archipiélagos más al sur de la región macaronésica, hacia Canarias y Cabo Verde.

La segunda mitad del siglo XIX constituye un momento de construcción ideológica fundamental que ha tenido una repercusión notable en la valoración y conservación de este tipo de arquitectura popular existente en las islas Canarias. Es una visión romántica centrada en la etnografía -que surge orientada a la valoración de los restos de un pasado idealizado- y que ha acabado imponiéndose en el último siglo y medio en el imaginario de los canarios. Durante ese intervalo temporal, muchos intelectuales isleños han dedicado un esfuerzo ingente para identificar las preexistencias aborígenes e interpretar las formas de vida tradicional del campesinado que colonizó el archipiélago durante los tres siglos precedentes como una forma válida para la configuración de una identidad nacional. En el caso de la arquitectura popular, un trabajo de investigación “La vivienda canaria. Datos para su estudio” de José Pérez Vidal, publicado en 1967 en el Anuario de Estudios Atlánticos, constituye una referencia obligada, colofón y resumen de una numerosa serie de intentos anteriores orientados a explicar y reivindicar los valores de las construcciones campesinas.

Choza de paja en Aguamansa, La Orotava. Adalberto Benítez, 1945

En Canarias, con los siglos, esas tradiciones populares ligadas a la ocupación del paisaje han generado una enorme presencia de edificios relacionados con los usos agrícolas. Aquellas arquitecturas tradicionales originales que aún permanecen son piezas actualmente bastante transformadas y que se sitúan en un espacio rústico en retroceso pero también en los centros más antiguos de las ciudades.

Esa puesta en valor continuada de la arquitectura popular desarrollada en Canarias ha originado un gran veneración y reconocimiento colectivo de esos representantes espaciales de una manera de hacer tradicional en el archipiélago. Son los exponentes reconocibles por todos de una identidad espacial que se expresa en el paisaje rural y urbano. Así, y debido a ello, un importante número de piezas se han conservado en cierta medida. Son contenedores que se han reformado y reocupado masivamente en las últimas décadas como espacios para la residencia y para todos tipo de equipamientos con desigual fortuna y respeto hacia sus condiciones originarias.

Algunos han ido más allá de la recuperación y se han inventado unas invariantes formales a aplicar una arquitectura de nuevo cuño que nada tiene que ver con las originales campesinas. Se ha producido así en las décadas finales del siglo XX una apoteosis de la canariedad expresada en una arquitectura reinventada y folklórica.

Patio de una casa pajiza en La Orotava. Fondo FEDAC, 1905

Volviendo a lo aportado por Pérez Vidal, se pueden detectar una serie de modelos formales y tipológicos que predominan en la construcción original del hábitat residencial rural canario. Son la cueva habitada, la choza, la casa pajiza, la casa terrera y la casa sobradada o de dos plantas. El historiador Fernando Gabriel Martín amplío esta clasificación a las experiencias de la vivienda urbanas que él identifica como “arquitectura doméstica”.

Probablemente, en los inicios de la colonización del archipiélago, las numerosas cuevas existentes estaban siendo usadas masivamente por los primeros pobladores de las islas. Eran formas de vivienda muy primitivas consistentes en la mera ocupación de los espacios a cubierto volcánicos existentes entre las lavas y próximos a las corrientes naturales de agua. A efectos arquitectónicos, no se les puede otorgar mayor importancia, excepto que, en algunas islas como Gran Canaria, las zonas naturales con amplía presencia de este tipo de formaciones rocosas llegaron a conformarse como verdaderos poblados habitados extensamente. Como ocurría en la Atalaya de Santa Brígida o en Telde. Sin embargo, las primeras formas realmente construidas tras la conquista con destino habitacional fueron tanto las chozas como las casas pajizas. Ambas predominaron seguramente en la mayoría de los primeros enclaves de colonización una vez pacificados los distintos espacios insulares. Con la consolidación de determinados núcleos habitados y más densos -como por ejemplo, en las capitales de cada isla- la transposición de estas maneras primitivas de asentamiento se fueron complejizando y enriqueciendo con arquitecturas más asentadas. Tanto la casa terrera como la sobradada tiene por ello sus contrapartes de aplicación en los núcleos urbanos más densos del archipiélago canario. Allí, acabaran apareciendo los tipos residenciales más complejos y nacerán otros modelos novedosos como las casas altas o de tres o más plantas. Son éstas últimas, las que añaden construcciones que responden a razones funcionales o utilitarias como el granero en el cuerpo de fachada en tercera planta; o la entreplanta destinada a oficinas de negocio, usada por el dueño de la vivienda principal. E incluso, edificios de cuatro plantas que tienen un carácter esporádico y poco representativo.

Nopales junto a una casa terrera. Foto de Franc y Jean Shore. En Fortunate Islands de National Geographic, número de abril de 1955.

Recuperando las descripciones avanzadas históricamente, tanto por Pérez Vidal, Gabriel Martín como por otros anteriores, se puede precisar una definición de estos modelos de vivienda presentes en Canarias.

 Es el caso del viajero francés Jules Leclercq que, en su trabajo titulado “Viaje a las Islas Afortunadas” y publcado en París en 1879, detalla la choza de una manera descarnada cuando relata que

Entré en la choza de un pastor, y le rogué que ordeñase una cabra, cuya leche bebí a grandes tragos. No es posible imaginar la miseria de la vivienda de este hombre: una especie de madriguera, cubierta de paja en la que hay que entrar encorvado. No había allí mueble alguno. estas pobres gentes duermen en el suelo, como salvajes, y todo su lujo se limita a unos utensilios de madera tallados por ellos mismos. Yo no he encontrado tanta pobreza ni en las tiendas de los lapones. Estos, al menos, se acuestan sobre pieles de reno. esta choza no tenía más abertura que la puerta, por la que escapaba el humo del hogar. 

En una línea más técnica y descriptiva, José Pérez Vidal detecta, todavía a mediados del siglo XX, la presencia de chozas en los espacios rurales de las islas. Y apunta que

En los tiempos históricos la cabaña no ha sido rara en Tenerife. Todavía son frecuentes en la isla chozas de planta rectangular. Se sostienen por lo general, en una armadura de palos. Un palo horizontal, puesto a cierta altura en el sentido de la mayor dimensión, y promediado el perímetro, sirve de cumbrera de la cubierta. Está sostenido corrientemente, en tres verticales, uno en el centro y dos en los extremos. Paralelos a éstos, otros, de menos altura, señalan a una y otra parte, las líneas de las paredes laterales. Y de ellos a la cumbrera se alza, por último otra doble serie que marca las dos vertientes de la cubierta. Las paredes, sin sujeción a unas normas muy fijas, se forman de los materiales que se encuentran más a mano, o que parecen, en cada caso, más convenientes: piedra seca, mampostería de barro, ramas sujetas con largas varas horizontales a los postes laterales. A veces varios de estos elementos se utilizan en las paredes de una misma choza. La cubierta siempre es de paja o de ramas sujetas de la forma indicada.. La puerta siempre se halla en la pared testera, una de las estrechas, y su marco o cerco suele estar formado por uno de los postes esquineros, el central, que baja des extremo de la cumbrera y dos palos horizontales, que unen los extremos del poste esquinero al central. El interior se halla dividido por tabiques de saco o cañizo.

Patio de una casa terrera tradicional. Adalberto Benítez, hacia mediados del siglo XX.

Innovaciones posteriores con claras reminiscencias a la simplicidad cúbica de la casa pajiza serán la casa terrera y la sobradada. En el primer caso, Pérez Vidal nos introduce a sus razones y formas señalando que

La casa pajiza representa un tipo primitivo de vivienda. Pertenece a un estadio de cultura muy subordinado a la naturaleza circundante.

Las casas populares correspondientes a la época que en plena vitalidad ha llegado a los umbrales de este siglo presentan diversos tipos, pero con todos ellos pueden hacerse dos grupos: Casas de una sola planta y casas de dos.

La casa que tiene planta baja, tanto si es rural como si es urbana, se conoce en Canarias con el nombre de casa terrera. Ha sido la clase predominante. En las islas existían en 1950, según el censo, 117.040 casas terreras.

La casa terrera suele presentar en el campo la fachada muy apaisada y extendida. La urbana, en cambio, es, por lo general, más estrecha. En compensación, ésta tiene mucho más fondo que aquella.

Uno de los tipos más corrientes de casa terrera campesina, al menos en la isla de La Palma, es el formado por tres habitaciones alineadas a todo lo ancho de la fachada. La habitación central suele servir de comedor y sala; las laterales, de dormitorios. La sala tiene la única puerta y la única ventana verdadera de la casa; los dormitorios, sendos ventanucos o marcos de luz, cerca del techo. las ventanas ofrecen, en casi todas las casas, los dos asientos fijos tan corrientes en las ventanas canarias; asientos de mampostería en forma de cuarto de cilindro puesto de cabeza, recubierto por encima de recio tablón de madera, que sobresale un poco a modo de bocel.

Un elemento fundamental para entender el espacio doméstico y cotidiano de los habitantes campesinos de las islas ha sido el denominado “terrero“. Es una consecuencia de la adaptación del hábitat popular a las condiciones climáticas y la presencia hegemónica del paisaje. El horizonte y las vistas largas adquieren ahí una importancia decisiva en  la conformación de este dispositivo arquitectónico. Tal y como lo describe este autor

Delante de la casa, a todo lo largo de la fachada, se extiende el “terrero”, patio de tierra apisonada o, en las casas más ricas, empedrado de lajas o de cantos rodados. Limitan el patio, un muro de piedra seca, tal cual poyo de mampostería o algún estrecho arriate, en que alternan geranios con alguna planta medicinal.

Muchos de estos patios, se hallan descubiertos, pero en no pocos se encuentra un emparrado, más o menos extenso, que a veces sostiene propiamente una parra, pero otras sirve de soporte a trepadoras de diversas especies. El emparrado recibe el nombre de “latada” y los postes de madera que lo sostienen, el de “esteyos”.

En este patio o terrero, al aire libre, gracias a la bondad del clima, transcurre principalmente la vida familiar.

Fernando Gabriel Martín abunda en esta descripción en su trabajo titulado “Arquitectura doméstica canaria” (presentado como tesis doctoral en 1976) y que aporta algunos datos más que acaban de precisar este modelo de la casa terrera con el que se consolida la ocupación dispersa del espacio rural en el archipiélago

Las casas de un piso, o terreras, son primordialmente rurales, aunque también se ven en las ciudades. Van ligadas a las clases populares.

Una variante de la casa terrera -La Palma- tiene tres habitaciones que ocupan todo el ancho de la fachada, la central sirve de comedor y sala y las laterales de dormitorios. El tejado es de dos o cuatro aguas y la cocina suele hallarse separada de la casa en una construcción aneja. El mobiliario es muy sencillo: alacenas empotradas, arcones o cajas, que servían tanto para guardar cosas como para sentarse; taburetes, sillas y mesas; cofres en los dormitorios. Delante de la casa se halla el patio o terrero con emparrados para plantas y poyos adosados a la pared que servían de asientos. Cerca estaba el aljibe.

En Tenerife, la planta de las casas terreras urbanas es rectangular en profundidad. Los solares suelen ocupar de 60 a 120 m2. Las fachadas presentan ventanas de guillotina o cojinetes y puertas centradas o laterales. Mientras en unas la parte delantera ubica el recibidor y la sala, en otras se halla el zaguán, uno o dos dormitorios, el comedor y , a veces, la cocina. El patio está siempre presente, unas veces en un lado y con un pasillo al que dan diversas dependencias y otras en la parte trasera de la casa. Incluso puede aparecer una huerta posterior.

Conjunto de casas tradicionales canarias de dos plantas o sobradadas. Santa Brígida, Gran Canaria. Fondo FEDAC. Teodoro Maisch, 1925.

Siguiendo con el modelo de dos plantas o sobradado, aplicado también y con posterioridad como desarrollo lógico en la ampliación de la capacidad de la arquitectura rural, Pérez Vidal lo define reconociendo su procedencia madeirense al establecer que

Existe otro tipo de casa, propio de los terrenos de mucha pendiente. Ofrece poco fondo y tiene dos plantas. La primera de éstas aparece, por lo general, alojada en el desnivel del terreno, previamente vaciado en escuadra. La segunda resulta de continuar el alzado de los muros y construir una cubierta a cuatro aguas, análoga a la de la casa terrera. Una escalera, de mampostería, como los muros pone en comunicación ambas plantas por uno de los lados.

El piso alto es el que verdaderamente sirve de vivienda; el bajo se suele destinar a guardar aperos de labro, productos agrícolas, etc. En Canarias, esta planta baja recibe el nombre de lonja.

Las principales variantes de este tipo de casa se dan sobre todo en la escalera. Esta puede ser de un tramo o de dos, y puede acabar en una simple puerta o en un descansillo descubierto o cerrado; en el mejor de los casos, en una solana o galería de antepecho ciego, construido de entramado relleno de guijas y barro. Esta galería sobre la cual se prolonga a veces el tejado, suele constituir el centro de reunión familiar.

Menos difundida, pero, en general, más noble, es la variante que en lugar de tener escalera, de piedra lateral, apoyada en el desnivel del terreno, la tiene de madera en la fachada, hasta un balcón, también de madera, que corre por todo el frente de la casa. Más que destinadas a verdaderos campesinos, las casas de este tipo parecen construidas para residencia temporal, veraniega, de señores, dueños de las fincas, residentes el resto del año en la capital.

El área de esta casa de dos pisos más próxima es la de la isla de la Madera. En ella, la variante principal que se ofrece consiste en un tercer piso reducido casi siempre al peralte del tejado. No tiene ventanas sino apenas un postigo, y su único acceso es un escotillón, al que se llega por una escalera de mano. El piso bajo como en Canarias sirve de “loja” o almacén. 

Alineación urbana de casonas en La Laguna con espacio intermedio para negocio y más de 2 plantas..

Balcón tradicional en esquina del desaparecido Hotel Camacho en la plaza de san Francisco de Santa Cruz de Tenerife.

Jose Manuel Fernandes, en la obra ya citada “Cidades e casas da Macaronesia“, incorpora a la casa alta como una de las tres variantes tipomorfológicas fundamentales que se utilizan en las ciudades atlánticas; y a la que define como

el edificio estrecho y alto, con techo de dos aguas, con la fachada en “pico”; y también representado en variantes a cuatro aguas, o a dos aguas paralelas a la fachada

Esa presencia de lo portugués en Canarias desde los comienzos de la colonización es algo que corrobora de alguna manera, el ingeniero militar cremonés Leonardo Torriani cuando en su Descripción e historia del Reino de las Islas Canarias“, y respecto expresamente  a los edificios de finales del siglo XVI en la ciudad de Santa Cruz de La Palma, expresa que

Las casas son blancas, “fabricadas a la manera portuguesa”, estrechas por dentro y, en general, sin pozos ni patios; sin embargo, son más altas y alegres que las de las demás islas.

Para los que habitan estas islas es evidente que la casa sobradada tiene una gran representación en las ciudades y núcleos habitados más importantes. Por ejemplo, en Tenerife, constituye el grueso -que hoy se conserva todavía- de los inmuebles presentes en espacios urbanos tan característicos como Garachico y La Laguna. A este respecto Gabriel Martín apunta en su tesis que

Las casas más generalizadas son las de dos pisos. Son las “casas altas” o casas altas y “sobradadas” de los documentos. El término sobradado se refiere al piso último de las viviendas, o sobrado, que servía de granero, desván o habitaciones. En las casas musulmanas, estos sobrados -o algorfas- se utilizaban para dependencias de las mujeres.

Las casas de dos plantas tienen planta cuadrada o rectangular, y se vinculan a un status socio económico considerable -casa de la gente de “posición”, como apunta Glas. la distribución general es en torno a un patio con galerías de madera del que arranca una escalera a la planta principal; zaguán; dependencias diversas -caballerizas, bodegas, oficinas, cochera, depósitos-; y traspatio o huerta, en la planta baja; y salas, dormitorios, cocina y servicio en la planta alta. Las fachadas van del tipo sencillo de ventanas y puertas y muros de mampostería a otras con portada de cantería. Frecuente es la presencia del balcón. La organización de este tipo de casa es más castellana que andaluza. Por toda Castilla se extiende la vivienda, con el patio como núcleo, con planta baja destinada a zona de trabajo y la superior a vivienda propiamente dicha, distribución que se generaliza en Canarias.

Fachada de la casa Bigot en La Laguna. Un ejemplo de casa sobradada con tercera planta sobre el cuerpo de fachada destinado para granero tras el balcón corrido.

Muy parecidas a las de dos pisos, pero con una planta más, no son anteriores al siglo XVII y su pleno desarrollo lo alcanzan en el siguiente. Hay una variante de “casa sobradada”, con una distribución de las dos primeras plantas igual a las anteriores, y la tercera es ocupada -generalmente en la primera crujía- por el granero, que se exterioriza o no con balcones.

En el siglo XVIII se generaliza la casa comercial -Tenerife, Gran Canaria, La Palma, Gomera- estrechamente relacionada con la importancia que adquieren las actividades mercantiles en este momento. También se distribuyen en torno a un patio. La primera planta se destina a zona de servicios; luego un entresuelo para oficinas y depósitos; y una última planta que constituye la vivienda.

En todas estas expresiones basadas en la cultura popular se suelen incorporar de una manera sencilla diversas aportaciones formales más cultas que son una extensión de lo difundido como parte de los estilos característicos en las diversas épocas. Son rasgos de estilo que se despliegan a lo largo de los siglos en esa corta historia del archipiélago canario. En este sentido, las formas expresivas relacionadas con el mudejarismo se pueden ejemplificar por la aplicación de elementos espaciales y artilugios decorativos singulares en balcones y artesonados interiores. Habría que señalar que el tratamiento de la madera por los artesanos carpinteros adquiere por esta vía una gran sofisticación en la reproducción de detalles y formas de clara raíz islámica.

Lo que resulta sorprendente, aun hoy en día, es la riqueza y variedad de unas formas arquitectónicas que se conforman a partir de prototipos claramente identificables y utilizados con asiduidad en la cultura popular. Son formalizaciones tipológicas que permanecen inalterables durante cientos de años como consecuencia de un entorno cerrado como es la isla y acaban definiendo un modo tradicional de hacer la vivienda. Es algo que en canarias se lleva valorando desde hace mas de cien años y que ha dado como resultado edificios campesinos y urbanos que reflejan ese concepto de modelo arquitectónico al que hacía alusión Amos Rapoport en “Vivienda y cultura” y ha sido citado por Fernando Gabriel Martín:

El modelo es el resultado de la contribución de muchas personas durante muchas generaciones, así como de la colaboración entre los que construyen y los que utilizan los edificios, que es lo que significa el término tradicional. Como todos conocen el modelo, no hay necesidad de diseñadores. Se pretende que la casa sea como todas las casas bien construidas en el área. la construcción es sencilla, clara y fácil de entender y, como todo el mundo conoce las reglas, se llama al artífice solo porque sus conocimientos son más detallados. El tamaño,  esquema, relación con el sitio y otras variables pueden decidirse en una charla y, si es necesario, asentarse en un documento escrito. Las cualidades estéticas no se crean especialmente para cada caso, son tradicionales y se transmiten de generación en generación.

En todo caso, la arquitectura y el urbanismo desarrollado en Canarias a lo largo de los siglos representan un proceso de tránsito en la transculturación de conceptos y modelos espaciales desde las prácticas tradicionales europeas a las que luego se producen en la América de habla hispana y portuguesa. Así, la arquitectura popular canaria es un referente para la comprensión de los espacios urbanos y las arquitecturas coloniales desarrolladas primero en las islas del Caribe y luego en el continente centro y sur americano.

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